El Banquero apestoso

Cuando hablamos de cuentos para reflexionar podemos encontrar diferentes tipos. Entre ellos, están los famosos cuentos de hadas. En este tipo de cuentos podemos encontrar una moraleja que suele ir escondida en personajes ficticios. En esta ocasión es un banquero. Una demostración del poder de la banca y con una moraleja para educar a los más pequeños.

Nuestro banquero se llamaba Donald Trevor y era dueño de uno de los mayores bancos de Inglaterra y podríamos decir que de todo el mundo. Un hombre de brillante posición, respetado por todos y con el mundo a sus pies, pero las cosas no salían tal y cual él las esperaba, pues tenía un defecto que no conseguía solucionar ni con toda su fortuna, lamentablemente, el pobre hombre apestaba.

Y no estamos hablando de un simple mal olor, como los que tienes cuando no te has bañado en varios días, sino de uno de esos olores que ponen los pelos de punta y dan ganas de salir corriendo. Por más que se bañase, perfumase, acicalase y demás trucos, Donald no conseguía eliminar aquella pestilencia.

Si bien, quienes estaban a sus órdenes no tenían más remedio que soportarlo, el resto de la gente salía despavorido en cuando sentían su repugnante aroma. Esto le provocaba una gran vergüenza y malestar, porque como todos, Trevor quería tener amigos y personas que lo amasen, y se sintieran a gusto en su presencia.

Al cabo de varios años de soledad, Donald terminó por convertirse en un ermitaño que manejaba su negocio desde una habitación aislada, utilizando cartas y otras formas de comunicarse con las personas, sin que tuviera que enfrentarlas. La soledad logró convertirlo en un ser malhumorado y comenzó a tornarse despiadado, haciendo que sus empleados trabajaran a ritmo acelerado y debieran complacerle algunos caprichos absurdos.

Como la vez que pidió a su ayudante que le consiguiera un huevo de cóndor de los Andes para hacerle un omelet, pero que debía ir personalmente a buscarlo y encontrar uno que tuviera la medida exacta que le había encargado. El pobre hombre sufrió muchas desventuras en la encomienda, solo para que al llegar con el huevo y preparar el omelet, el banquero le dijese que había demorado tanto que ya no se le antojaba un omelet.

Esta clase de conductas se tornaba cada vez más frecuente y Trevor ya no encontraba acomodo con su vida, se sentía tan angustiado por no lograr entablar amistades, que comenzó a perder el apetito y el sueño. Al cabo de un mes, estaba tan flaco y desorientado que sus sirvientes debieron llamar al médico contra su voluntad.

El doctor fue advertido antes de ver al enfermo acerca de su problema de pestilencia, pero como todos sabemos, los médicos están acostumbrados a lidiar con malos olores y su vocación pudo más que el terrible olor, que se había puesto más nauseabundo cuando Donald enfermó.

Al entrar en la habitación, el médico pidió que abrieran todas las ventanas y que lo dejaran a solas con el paciente. Examinó al enfermo y no encontró ninguna razón médica para su estado, sino una tremenda depresión que lo tenía al borde del derrumbe. Habló largo y tendido con el paciente, interrogándolo sobre su vida y su problema, pero principalmente sobre cómo se sentía. El médico era muy perspicaz y pudo notar como Donald se animaba con la conversación y con su aparente falta de olfato.

Cuando el doctor salió de la habitación, los sirvientes le preguntaron ansiosos su diagnóstico.

– Le he recomendado que se vaya unos días al campo. Conozco una granja donde puede pasar unas vacaciones a gusto. Pertenece a unos amigos míos que lo recibirán encantados.
– ¡Pero doctor! ¿Acaso a sus amigos no les molestará su apestosidad?
– Justamente. Lo envío con ellos porque no tienen olfato. Es un trastorno muy poco frecuente, pero la familia de mi amigo, sufre de falta de olfato congénita. Todos heredaron esta condición de su abuelo.

Donald emprendió inmediatamente el viaje hasta la granja en las afueras de Southfolk, porque comprendió las intenciones del médico a la perfección. Para su felicidad, al llegar a la granja en cuestión, lo aguardaba una familia sonriente, que no cambió su semblante ante las emanaciones del banquero.

– ¿Pero están seguros de que no los incomodo?
– Para nada señor. Siéntase a gusto, ninguno de nosotros puede sentir un olor aunque su vida dependa de ello.- dijo el granjero sin perder su cordial sonrisa.

Trevor desempacó y comenzó a recorrer la granja conversando con todos quienes se encontraba. Estaba tan encantado que pensó que sus problemas habían terminado, tanto que decidió ir hasta el pueblo a hacer unas compras para festejar su estadía.

Apenas llegado al pueblo, todo volvió a la normalidad. Los niños salían llorando tras sus madres y las personas, aunque disimulaban, no lograban ocultar su repugnancia. Cuando entró al almacén para pedir los víveres, el tendedero tomó corriendo el pedido y le dijo que se lo enviaría de inmediato para que se fuera lo antes posible.

Donald volvió un tanto decepcionado a la granja, pero recobró la felicidad al ver a la familia. Ya no volvió al pueblo.

Cierta noche, mientras todos dormían, Donald sintió un olor que lo alarmó. La casa se estaba quemando y nadie podía notarlo por carecer de olfato. Saltó de la cama corriendo y fue de habitación en habitación, salvando a toda la familia, incluso al gato y los dos perros.

Todos estaban muy agradecidos, aunque la casa fue consumida por el fuego antes que pudieran salvarla. Los vecinos alertados, se acercaron para ayudar a contener las llamas, para que las pérdidas no fueran mayores.

– ¿Qué fue lo que ocurrió?- preguntó uno de los vecinos
– ¡Nuestro amigo nos ha salvado!- era lo único que la familia repetía.
– ¡Venga esa mano, señor!- dijo el alcalde del pueblo y abrazó sentidamente a Donald, quién no daba crédito a lo que sucedía.

Todos los presentes tomaron turnos para estrechar y felicitar al banquero sin que parecieran percibir su detestable aroma. Donald estaba conmovido y se puso a llorar.

– ¿Por qué llora mi amigo? Lo que hizo fuer heroico. Debe estar orgulloso.
– En cuanto sientan mi mal olor, saldrán todos corriendo y ya no querrán acercarse. – dijo el banquero con profundo pesar.
– ¿Pero de qué olor me está hablando? Usted no huele para nada mal, señor. – afirmó el alcalde y todos asintieron.

El milagro había ocurrido. Según explicó el médico que atendió las quemaduras que Trevor había sufrido durante su salvataje, el fuego había eliminado lo que fuera que producía el mal olor en Donald y el banquero era ya una persona normal.

Como podrán imaginarse, este cuento tiene un final feliz para todos. Donald no solo construyó una preciosa granja para la familia del granjero, sino que se casó con la hija mayor que no era muy bonita, pero había sido tan amable con él que se enamoró.

También instaló la casa central de su banco en el pueblo, llevando el progreso económico. Por otra parte, todas las personas que lo habían servido conservaron sus puestos y mejoraron no solo su salario, sino que también recibieron un trato preferencial dentro de las empresas del banquero.

Ya ven amigos, los milagros a veces ocurren sin que los esperes. Solo tienes que esforzarte para cumplir tus sueños. El resto, es un misterio.

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