La chica que no sentía emociones

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                                                                                                                                                       Autor: Luis de Vázquez

Érase una vez una chica llamada Lucía. Desde el momento en el que nació, todos supieron que tenía algo diferente a los demás. El día que su madre dio a luz, los médicos se dieron cuenta de que Lucía no era como el resto de las personas. Lucía no lloraba, no gritaba. Simplemente estaba allí, envuelta en la manta que le dio la comadrona, mirándolos con esos ojos inexpresivos, como si llevara toda la vida viéndolos y ya le aburriera lo que tenía delante. Nadie sabía que le pasaba, pero a medida que Lucía fue creciendo, sus padres vieron que aquello que sucedió al nacer no fue un caso aislado. Por las noches no lloraba de miedo si la dejaban sola, ni gritaba de alegría al ver los regalos que le habían dejado los Reyes Magos en su casa. Ya podías acecharla escondido para asustarla, que ella ni se inmutaba. Al final llegaron a la conclusión que Lucía no era capaz de experimentar emociones. No se alegraba, pero tampoco se atemorizaba, no tenía deseos, pero tampoco envidia. No era capaz de amar, pero tampoco de odiar. Algunos pensaban que Lucía era una afortunada… otros que era una desgraciada. Pero Lucía no se sentía mal, era imposible, ya que no sentía nada. Ella hacia su vida como todo el mundo, cuando le decían que tenía que estudiar, ella estudiaba. Si le pedían ayuda en algo, ella ayudaba, no tenía motivos para negarse. Si algo no le gustaba, no lo hacía y no se sentía mal por ello y si alguien decía algo que no le gustaba, se lo hacía saber. No tenía miedo al rechazo o al hacer daño a los demás.

Los años fueron pasando y Lucía fue creciendo. Debió ser la única adolescente sin problemas del colegio. De todas formas, tampoco tenía muchos amigos. A esa edad, los niños son bastante crueles todavía, y si eres rara te marginan. Pero a Lucía no le importaba. La soledad no era un problema. Ella seguía con su vida día tras día y si alguien le hablaba, ella le contestaba.
Hubo un día que un chico se le acercó tímidamente a hablarle:
Eh… hola… ¿Eres Lucía?
Hola. Si. ¿Tú quién eres?
Me… llamo… Pablo
Hola Pablo, ¿Qué tal?
Esto… me habían dicho que eras rara, pero yo te veo como a las demás. 
– El resto de los chicos me ven como un bicho raro porque dicen que no soy capaz de sentir emociones.
– ¿Y es eso cierto? –preguntó Pablo asombrado-
– Sí, por lo visto sí. ¿Ves? Esa cara de asombro que has puesto, yo no soy capaz de ponerla.
Pablo se puso rojo como un tomate
Yo… es que siempre te he visto sola… y me preguntaba si te gustaría que fuéramos amigos. 
– Claro, ¿Por qué no? Pareces un chico majo, aunque te pones fácilmente rojo.
Con eso Pablo ya no sabía dónde meterse
– Creo que estoy consiguiendo hacer que te sientas incómodo. Mi madre me dijo que si me daba cuenta que eso pasaba, que dejara de hablar. Que no está bien hacer que la gente se sienta incómoda por mi culpa. 
– ¡¡No, no!! Si no es por tu culpa, tranquila. 
– Bueno, de todas formas, tengo que ir ya a clase. Encantada, Pablo. Adiós.
– ¡Adiós Lucía!

Y Pablo se quedó mirando como aquella chica rara se alejaba del camino a clase. –Pues no es tan rara como dicen-, pensó mientras se iba.
Con el paso de los años, Pablo y Lucia se hicieron más amigos. La gente se preguntaba como una niña como Lucía podía tener amigos, y qué veía Pablo en esa chica. Pero a los ojos de Pablo, Lucía no era una chica rara. No era esa persona incapaz de mostrar bondad o alegría. Para él, Lucía era justo lo contrario. Era la única persona que conocía que no iba a ser envidiosa, ni cruel, ni iba a intentar burlarse de él para humillarle delante de la gente. Para él, Lucía era una gran persona, Lucía y Pablo fueron a la misma universidad y durante todo ese tiempo, los sentimientos de Pablo fueron aumentando. Pero se dijo a si mismo que nunca se lo diría, ya que sabía perfectamente que Lucía nunca podría sentir nada por él. Por desgracia, se había ido a enamorar de la única persona que jamás le amaría.
Pero aun así, Pablo siguió al lado de Lucía. Estudiaban juntos, comían en la cafetería juntos y siempre estaban hablando. Era fantástico hablar con alguien sin tapujos. Lucia no decía las cosas por quedar bien, ni por intereses ocultos. Lo que ella pensaba, lo decía sin miedo, y eso era de agradecer.
A veces Pablo tenía que morderse la lengua para no decirle más cosas a Lucía de las que debería, pero prefería tener esta relación a imaginarse perdiéndola.
Pasó el tiempo y Lucía se convirtió en toda una mujer. A lo largo de su vida, varios chicos fueron los que se le acercaron. A medida que fue creciendo, se volvió una chica muy hermosa, y eso provoco las miradas de ellos y la envidia de ellas. Pero al poco tiempo de conocerla, todos los chicos se alejaban de ella de nuevo. No querían estar con alguien que no tenía deseo, ni pasión, ni ganas de hacer lo que ellos querían conseguir. Todos menos uno. Pablo siempre había estado ahí, desde pequeños, y muchas veces Lucía le había preguntado el motivo.

– Todos los chicos cuando me conocen, salen corriendo, pero tú no.
– Eso es porque los chicos no se dan cuenta cómo eres realmente.
– ¿Y cómo crees que soy?
– Empiezo a pensar que sientes algo de curiosidad, ¿eh? –Pablo se rió en voz alta– 
– Eres malo, Pablo, que pregunte algo no quiere decir que tenga interés en ello. 
– Ya, ya lo sé, era broma. Los chicos ven una persona incapaz de sentir emociones, que no puede alegrarse, que no puede excitarse, que no puede enamorarse… y por eso salen corriendo.
– Pero tú sigues siendo mi amigo.
Y lo seré siempre, Lucía. Ellos no se dan cuenta que tampoco vas a sentir odio, ni rencor, ni celos, ni envidia. No sientes empatía con los demás, pero lo que dices es siempre lo que piensas. No tienes sueños, pero siempre vas a seguir avanzando en lo que haces porque no tienes miedo al fracaso. Aunque no sientas alegría, tú no sientes ningún tipo de temor de ningún tipo. Y eso es algo que me gusta.
Pero el otro día escuché que eso me hacía menos humana-dijo Lucía-
Bueno, algunos pensarán que si le quitas las emociones a una persona, deja de ser humana –replicó Pablo- pero yo, ahora que te veo bien, pareces bastante humana –y le puso una mirada picarona entre risas-.
Mira que eres tonto cuando quieres.

Y Pablo estalló en risas. Por un segundo, a Lucía le dieron ganas de hacer lo mismo, pero seguro que sonarían falsas, ya que no compartía esa felicidad, así que no hizo nada. En otras ocasiones, Pablo, al ver su cara impasible, había dejado de reír, pero esta vez no, ya se habían acostumbrado el uno al otro y la confianza era absoluta.
Un día estaba Lucía en un parque y se puso a pensar. Su vida había sido siempre difícil, la gente normalmente era un problema y todos la miraban raro. Todos menos Pablo. Desde aquel día de colegio siempre habían estado juntos, y Pablo siempre la había tratado con respeto y cariño. Cuando había algún chico que se enfadaba al ver la poca respuesta de Lucía, Pablo estaba allí para defenderla.
Cuando ella no sabía que debía hacer, él estaba ahí para aconsejarla. Cuando ella tenía cualquier problema, siempre estaba a su lado para intentar ayudarla. Era extraño, porque seguramente ella debía ser la única mujer que no necesitaría consuelo, pero aun así, Pablo siempre estaba a su lado.
En ese instante, un grupo de personas pasó delante de ella corriendo y murmurando algo. Se giró y al final de la calle vio que había pasado algo, la gente se iba agolpando alrededor de alguien. Lucía, pese a no sentir curiosidad, se levantó y se dirigió hacia allí también. Total, no tengo nada que hacer hoy, pensó.
A medida que se acercaba, se fue dando cuenta de lo que sucedía. Parecía que un hombre había perdido el control de su coche y se había llevado por delante a alguien. La gente gritaba asustada y pedían que llamaran a un médico. En ocasiones como esa pensó que era una ventaja no sentir nada, porque todo el mundo estaba alterado.
Se abrió paso entre la gente hasta casi llegar al lugar del accidente. El coche estaba empotrado en una farola y parecía que a pocos metros había una persona en el suelo. Solo podía verle de cintura para abajo, pero reconoció esas zapatillas.
Apartó la gente y llegó delante de aquella persona. Era lo que había pensado. Era Pablo.
Los ojos de Pablo se entreabrieron y sonrió al verla.

– Eras justo en quien estaba pensando –dijo
– Shhh… calla, no hables, guarda fuerzas.

Lucía miro a su alrededor, pero nadie parecía capaz de ayudarle. Pablo parecía estar bastante mal, había demasiada sangre a su alrededor y se le veía demasiado débil.

No te muevas, no hables, enseguida vendrá un médico y todo irá bien. 
– No… Lucía… No tengo fuerzas ya…
– Pero…
Escúchame, por favor. Lucía, siempre había pensado que moriría a tu lado, aunque esta no era la forma que pensaba.
¡¡No digas eso!!!
Han sido muchos años juntos, y pese a todo, has conseguido hacerme muy feliz -a Pablo le empezaba a costar respirar-
¡¡¡¡¡PABLO!!!!!
Sabes que siempre te he querido, pese a que nunca te lo he dicho. Eres más lista que yo. 
– Lo sé, Pablo, lo sé… -de los ojos de Lucia empezaron a brotar unas lágrimas-
Lucía… gracias por todo… No habría podido… imaginar… una vida mejor de la que he pasado a… tu… lado…

Y los ojos de Pablo se cerraron.
Lucía cogió la cabeza de Pablo y la sostuvo entre sus brazos, pero ya era tarde. Unas lágrimas corrían por las mejillas de Lucía y por primera vez en su vida se dio cuenta de que sí era capaz de sentir… y justo en ese instante, con la cabeza de Pablo apoyada en su pecho, le contestó llorando…

Yo también te quiero.

Autor: Sergio Sola Ponce

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